Paisajes/Universos humanos

por | Mar 27, 2026 | Anti-Coaching | 0 Comentarios

Las personas que forman parte del «Paisaje» de tu vida

Cada persona es un Universo en sí misma

El 27 de diciembre del 2024 recibí un mensaje de WhatsApp. Se trataba de una persona que había leído uno de mis artículos. Concretamente «100 segundos». Nos felicitamos la Navidad. Después me envío el mensaje que reproduzco a continuación:

«Hay un tema muy interesante para cuando así lo sientas… Ya lo hablamos, «la muerte». Y termino de revivirlo, mi hermano viajó hace pocos días… Un año con grandes desafíos y aprendizajes…»

Como bien apuntaba en el mensaje «es un tema del que habíamos hablado antes». De hecho lo hablo con frecuencia, y en mi cultura familiar es un hecho para nada escondido. No es un tabú.

Cuando leí el mensaje sentí que aquello no era una propuesta para una conversación (artículo en este caso) de esas que tenemos en las que nos aventuramos a hablar/filosofar de todo. Sentí un poco de vértigo.

Recuerdo que me vino a la cabeza el título de un libro de Gregory Bateson, insigne antropólogo británico. Es su libro póstumo: «El temor de los ángeles. Epistemológica de lo sagrado».

Este título recuerda poderosamente una cita sacada de uno de los poemas de Alexander Pope:

«Los necios se precipitan donde los ángeles temen pisar».

En la mediad de lo posible trato de no ser demasiado necio.

En esta cita resuenan dos dichos populares:

  • La ignorancia es muy atrevida.
  • Los sabios reconocen sus límites.

Así que dejé que este artículo «fermentase» hasta hoy. En ocasiones a las personas que acompaño les hablo de poner ciertas ideas en la fermentadora, no en la nevera. Me gustan las metáforas…

Así que esta «invitación» ha estado en la fermentadora hasta hoy.

Podemos hablar de la la muerte en «mayúsculas» o en «minúsculas», de la «muerte en si» o de nuestras experiencias personales, del sentido de la existencia o de nuestra vida cotidiana… Opto por la segunda parte de cada disyuntiva.

Dejo también para otro momento cómo nos preparamos/afrontamos/evitamos la marcha de nuestros seres queridos o la nuestra. También temo pisar temas tan duros como la eutanasia, la muerte digna, los cuidados paliativos… Nada de ello desde el punto de vista religioso, humano, antropologíco, psicológico…, ni desde la ciencia cognitiva.

Han sido dos experiencias las que han dado pie a este artículo. Una de hace muchos años, otra reciente.

Es curioso, cuando hacemos talleres se pide a los participantes que «traigan» expariencias de «intensidad media» ya que con ellas es más fácil trabajar. Si son experiencias a las que la persona está muy apegada resulta difícil trabajar sin emocionarse. Si son experiencias con poco apego, puede que el trabajo no sea muy enriquecedor. ¡Así que intensidad media!

La primera experiencia es de hace tiempo. Al volver del colegio de llevar a mis hijos pasaba por una calle en la que con mucha frecuencia me encontraba con un matrimonio. Me conocían desde que era niño, yo los conocía «del toda la vida». Siempre hacíamos un «barret» (charla informal a pie de calle). Nos saludábamos, charlábamos, sonreíamos, nos despedíamos con gran cariño y afecto. Con el cariño de las personas que te conocen de toda la vida, y a las que tu conoces desde siempre.

Un día él falleció, y ese paisaje humano desapareció de mi vida. No es que no hubiese vivido antes situaciones similares, pero en ese momento tomé conciencia de cómo se transforman los paisajes humanos, de cómo emergen, permanecen y se extinguen. Algo a lo que estaba acostumbrado dejó de ser posible. La probabilidad de tal encuentro se volvió cero, ya no formaba parte de lo que podía esperar.

Nunca más volvería a «fer un barret» con él.

La segunda experiencia ha sido más reciente. La relación era ocasional. En los momentos en que nos encontrábamos casualmente charlábamos un rato y nos poníamos al día. Una relación de antiguos compañeros. Siempre con amabilidad y con contenido humano.

En esta marcha he sentido la perdida de un Universo. Cada persona es en si misma un universo de vida, de experiencias, de vivencias, de saber, de relaciones… Ese universo ya no estará disponible. La disponibilidad nos hace relativizar la importancia de las personas y de las cosas. Como están «ahí», disponibles, no hay prisa. Si no es hoy será mañana. Y está lógica se cumple hasta que un buen día se rompe.

Cuando desparece esa oportunidad, cuando ya nunca más van a haber encuentros «casuales» te das cuenta de que has perdido un universo personal, un cúmulo de experiencias, saberes, emociones, modos de vivir el día a día…

Tan lejos como hace unos días un amigo del alma me comunicó el fallecimiento de su madre. Una persona mayor, una muerte esperable. Algo que forma parte de la vida. Ley de vida le llamamos. Pero hay otras partidas a las que no consideramos como tal, que las vivimos como antinaturales. De esto hablaremos en otra ocasión.

Acabo de escribir la última frase ,releo y me doy cuenta de que sigo temiendo pisar…

Creo que cuando pasamos un duelo (sea grande o pequeño, devastador o liviano) siempre hay una fase de «negociación». Muchos conoceréis el modelo SARA (Sorpresa-Angustia-Rechazo-Aceptación). Se trata de un modelo muy utilizado desde la psicología para describir las fases por las que atravesamos cuando vivimos un duelo (también en los disgustos, contrariedades, derrotas, frustraciones varias…). Como buen estudios del DBM remodelé este modelo para convertirlo en el modelo SARNA (bromas a parte). La inclusión de la N no es gratuita, Es la N de «Negociación».

Se trata de esa fase en la que intentamos poner un orden en lo que ha ocurrido, dar sentido, encontrar la causa, y en nuestra imaginación pensar en que podríamos haber hecho (para que no hubiese ocurrido, para tener una última oportunidad, para despedirse…).

La Negociación no es nostalgia, es un intento de lidiar con la no-posibilidad de que hubiese ocurrido otra cosa. En muchas situaciones de gestionar nuestro sentimiento de culpa, nuestros remordimientos, temores, ilusiones truncadas…

Y es aquí donde nuestros sesgos (biológicos, culturales, personales) campas a sus anchas. En algunos casos llegan a ser PAN (pensamientos automáticos negativos).

Nuestros sesgos condicionan lo que somos capaces de percibir y lo que no, y por tanto nuestra forma de vivir. Entre esos sesgos están nuestras creencias (todas ellas), adopten la forma que adopten.

Los PAN, pensamientos intrusivos, oportunistas o como queramos llamarlos suelen cebarse en nosotros en situaciones de pérdida, de peligro, incluso sin ningún motivo…

Las personas a las que acompaño en su SARNA las invito siempre a empezar por el final, por la A de aceptación. Por lo único que es cierto: «lo que ha ocurrido no se puede cambiar». El dolor es inevitable pero no el sufrimiento, y es un maravilloso objetivo recordar a las personas con nostalgia, con cariño, sobre todo con gratitud. Evitar hacerlo con sufrimiento, con remordimientos. Para ello lo mejor es empezar por el final. Por la A de aceptación.

No hay atajos, y si los hubiese creo que sería la gratitud.

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