Mejor en minúscula, ya que vamos a hablar así

«Porqué yo lo valgo»

Hace unos días escuché un podcast con Santiago Alba Rico, filósofo en mayúsculas. La entrevista dura más de dos horas y toca temas que se van encajando unos dentro de otros: Oriente Próximo, las «historias» que han llevado a aquella zona a la situación actual (política, social, humanitaria), las consideraciones morales que se derivan de ella y un sobrevuelo por la naturaleza humana, tanto por sus rincones más sombríos como por los más luminosos, porque no hay sombra sin luz.

Ya sabéis que me apasiona el Modelado Conductual, y todo lo que me produce resonancia despierta mi interés. Hacia el final, Alba Rico habla de las «transformaciones moleculares» de Gramsci: esos cambios lentos, casi invisibles, que se van acumulando en la manera de pensar de una persona o de una sociedad, hasta que un día el mundo nos parece distinto y no sabemos cuando ocurrió. Aplicado a nuestro caso, la transición que hacemos los seres humanos del propio interés a la moral, pasando por la legitimidad.

Para mí, tropezarme con este modelo es encontrar un tesoro.

Tres conjuntos, no sólo tres etiquetas

Más adelante (en otro artículo) exploraré si su estructura es lineal, circular o una combinación de ambas, es decir, sistémica. De momento la trataremos como lineal: interés → legitimidad → moral.

Lo que me parece importante es pensar cada concepto como un conjunto. Cada etiqueta esconde muchos procesos:

  • Interés: gustos personales, filias y fobias, expectativas, deseos, objetivos…
  • Legitimidad: tener derecho, merecer, «me lo he ganado», «me corresponde»…
  • Moral: ser bueno o malo, ser justo, apropiado o no, «lo que debe ser», «lo que Dios manda»…

Pensar en conjuntos nos obliga a buscar sinónimos, antónimos y procesos «que pasaban por allí», y eso nos da una visión mucho más amplia que la de tres palabras sueltas. Nos ayuda a pensar mejor.

El juego de las frases

Te propongo un juego: toma un elemento de cada conjunto y construye una frase. Verás que son perfectamente gramaticales y de sentido común:

  • «Me gustan los coches, merezco tener uno, sería lo justo.»
  • «Espero que no me toque estar en la mesa electoral, deberían cambiar las normas, no se puede perder un domingo así.»
  • «Me estoy quedando sin vacaciones, ya está bien de tanto trabajar, no es humano exigir tanto a la gente.»
  • «No me gusta ese vecino, no tiene derecho a aparcar ahí, es una vergüenza.»

Fíjate en el patrón: empiezo con una preferencia («me gusta», «espero», «no me gusta») y, sin esfuerzo ni pausa, acabo en un «debería» o en un «es justo». El deseo se ha vestido de norma, y lo he hecho sin darme cuenta.

Podemos llegar a infinitas frases jugando con las formas afirmativas y negativas. Es un buen ejercicio para descubrir cómo hablamos cuando no nos escuchamos.

La moneda: normas y valores, legitimidad y moral

En el Modelado Conductual (DBM) recuerdo la relación entre Normas y Valores como la de una moneda con dos caras (obvio, nunca ves las dos a la vez): de un lado las normas, del otro los valores.

Seguramente entre Legitimidad y Moral ocurre algo parecido. Tienen aspectos en común (el «deber», lo «correcto», lo «bueno»…) y también diferencias:

  • La legitimidad suele ser más personal y situacional: «a mí me corresponde».
  • La moral aspira a ser universal: «a todos les debería corresponder».

Alba Rico rozó también la pareja Derecho y Justicia, que parece hacer de puente entre ambas. El derecho es la norma escrita, y la justicia es la pregunta de si esa norma es buena. Quizá ahí haya una pista del trayecto que recorremos.

El punto crucial

Si aplicamos la metáfora de la moneda, lo decisivo para mí es cómo transitamos de aquello que me interesa, espero y quiero, a aquello que debe ocurrir y es bueno.

Y lo más curioso es que lo hacemos de modo natural e inconsciente, como lo más normal del mundo. Nadie se sienta a decidir: «Ahora voy a convertir mi deseo en un principio moral». Simplemente ocurre.

Si un proceso es tan común y tan fácil, es porque resulta útil. Hay ganancias. ¿Cuáles?

Las posibles ganancias

  1. Coherencia interna. Vivir con el deseo por un lado y los principios por otro genera tensión (lo que Festinger llamó disonancia cognitiva). Convertir el deseo en derecho la disuelve.
  2. Fuerza. «Lo quiero» es frágil, pero «me lo merezco» y «es justo» pesan mucho más. Una reivindicación moral moviliza, convence y se sostiene ante los demás.
  3. Pertenencia. Si mi interés se puede formular como principio, deja de ser solo mío y puedo encontrar aliados. El interés aísla, y la moral agrupa.
  4. Seguridad. Saber que «estoy del lado correcto» es muy tranquilizador. Pone orden en un mundo caótico.
  5. Autoestima. El viejo eslogan lo resumía sin complejos: «porque yo lo valgo». El mérito como justificación se vende solo.

La hipótesis final: ¿y si la supervivencia depende de desconectar moralmente?

  • Biológica: obtener recursos, defenderme, no quedarme atrás.
  • Moral: seguir sintiéndome una buena persona mientras lo hago.

Y aquí vuelve la moneda: quizá sean las dos caras de una misma pieza. Para sobrevivir biológicamente a veces tengo que hacer cosas que chocan con mi moral, y para sobrevivir moralmente tengo que encontrar la manera de justificarlas. La solución más económica es desconectar moralmente.

No es una idea nueva. El psicólogo Albert Bandura describió hace décadas los mecanismos de la desconexión moral: justificar la conducta por un «bien superior», rebautizarla con eufemismos («daños colaterales»), compararla con algo peor, repartir la responsabilidad («lo hacen todos», «yo solo obedecía»), minimizar las consecuencias o, en el caso extremo, deshumanizar al otro. Son las mismas herramientas que aparecen en los conflictos que analiza Alba Rico, solo que a escala colectiva.

Y la pregunta incómoda es que no hace falta ser un monstruo para usarlas. La misma maquinaria que me hace decir «merezco un coche, sería lo justo» es la que, en otros contextos, permite decir «ellos no merecen lo mismo que nosotros». La diferencia es de grado, no de estructura.

Por eso las transformaciones son «moleculares». Nadie pasa de buenas a primeras a un lugar moralmente oscuro: se llega con pequeños desplazamientos, cada uno de ellos razonable.

Para llevarlo a la práctica

Algunos ejercicios para observar tu propio proceso:

  • Caza la transición. Durante una semana, anota las frases en las que pasas de un «quiero / me gusta / espero» a un «debería / es justo / no está bien». Solo observa el patrón, sin juzgarte.
  • Retrocede al interés. Ante una indignación fuerte, pregúntate: «¿Qué interés mío hay aquí abajo?» No significa que la indignación sea falsa, sino que a menudo es doble: tiene parte de principio y parte de preferencia.
  • Prueba la inversión. Pregúntate: «Si lo mismo le pasara a alguien a quien no aprecio o que no se parece a mí, ¿me parecería igual de justo?» Si la respuesta cambia, has encontrado una desconexión.
  • Separa las dos caras. Escribe primero qué quieres, y después qué crees que es justo. Observa dónde coinciden y dónde no. En la distancia entre ambos hay información valiosa.

¿Y ahora qué?

Este modelo no nos dice que pasar del interés a la moral sea malo. Sin legitimidad y sin moral no habría derechos, ni justicia, ni vida en común. Lo que nos ofrece es una lupa: la posibilidad de ver cuándo y cómo lo hacemos.

Seguiremos explorando si el camino es lineal o circular. Quizá la moral también retroalimenta nuestros intereses (aprendemos a querer lo que consideramos bueno), y entonces hablaríamos de una espiral más que de una línea.

Pero de momento me quedo con una idea para ti y para mí: cuando notes que un «quiero» se ha convertido en un «toca», detente un segundo y míralo. Ese segundo de conciencia es, posiblemente, el comienzo de la moral de verdad.

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